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viernes, 26 de diciembre de 2014

DETERMINISMO Y MATERIALISMO (III)




(Lea aquí la segunda entrega de esta serie)

Karl Marx
Mises reafirma en Teoría e Historia, que el hombre solo puede descubrir lo que la estructura lógica de su mente le permite acerca de la naturaleza del universo. Mientras tanto, el hombre emplea la lógica que posee, y por eso, su pensamiento recomienda al hombre el determinismo y la categoría de causalidad. Partiendo de ese determinismo es que el hombre puede concebir al universo y todo lo que en él existe. Pero los materialistas se han valido de este determinismo para argumentar a favor de sus teorías. Como veremos más adelante, desde su visión es el mundo material el que genera las ideas, no obstante, la verdad es que las ideas tienen existencia propia, se influyen entre sí y contribuyen a la formación de otras.

El determinismo no predice el futuro, solamente afirma que hay una regularidad en los sucesos del universo, pero sin que eso signifique que hay un destino fatal e inexorable. El ser humano tiene, a diferencia de los animales, la facultad de elegir entre actuar conforme a sus impulsos fisiológicos o no. Por eso, la praxeología –la ciencia de la acción humana en la que está basada la Escuela Austríaca de Economía– no rechaza el determinismo, sino la distorsión positivista de este. Para Mises, cuando menos en el actual estadio de la ciencia, es imposible reducir las ideas a factores físicos, químicos o biológicos. Es más, una de las condiciones de la acción del hombre es que no sabe qué sucederá en el futuro, algo distinto de lo enunciado por la filosofía de la historia que sí clama saber lo que Dios o un “ente superior” le ha revelado respecto a lo que habrá de venir.

Respecto del materialismo entendido en su acepción ontológica –que encarna la doctrina ya aludida de que el mundo material, en específico los procesos físico-químicos y fisiológicos que ocurren en el cuerpo humano, determinan las ideas y juicios de valor–, niega el significado de la praxeología y de la historia. Para este sólo las ciencias naturales y su método, son “científicos”. Pero como decíamos ya, las ideas sí existen aunque sean inmateriales. Sobre cómo se originan solo sabemos que surgieron en la mente de un individuo, y debido a sus limitantes, aparece como algo nuevo, una creación de algo que no existía. El materialismo falla pues, en explicar por qué dos personas o más están a veces de acuerdo y a veces no, respecto a determinados temas, y por qué reaccionan de diversa manera ante estímulos idénticos. Un ser humano puede reaccionar muy distinto incluso ente el mismo fenómeno exterior en diferentes momentos. De nuevo, por eso la economía no es una ciencia natural y por tanto, es un error tratar de estudiarla, explicarla y predecirla con métodos inductivos.

Pero el materialismo tiene también implicaciones políticas, y nació como reacción a la interpretación dualista del ser humano como “carne” y alma. Justo en la parte de los credos religiosos, ni las ciencias naturales ni el racionamiento a priori pueden refutarlas por ser un asunto de fe. En este contexto, Mises explica que en la mayoría de países europeos y latinoamericanos las iglesias cristianas actuaron de la mano del materialismo en contra de los gobiernos representativos y de todo lo que oliera a libertad. Gracias a estas controversias es que el materialismo no desapareció.

Sin embargo, el materialismo que había florecido hasta mediados del siglo XIX fue perdiendo importancia frente al agnosticismo, solo hasta que Marx elaboró uno nuevo al que llamó “materialismo dialéctico”. Marx tiene una evidente confusión entre causas y efectos, pues para él no son las ideas y los pensamientos los que determinan al ser social, sino al revés, el ser social determina su conciencia. Por eso tres objeciones irrefutables echan a la basura la teoría marxista: los inventos de la tecnología, sus avances –que para Marx determinan la superestructura de las ideas e instituciones sociales, no son producto “de la nada”, provienen de razonamientos, de la mente, de nuevas ideas para producir mejor –o sea de la creatividad, aunque más tarde operen en el plano material. Sobre cómo surgen o aparecen los inventos, no trata de explicarlo. La segunda objeción es que el simple invento no es suficiente para producirlo, para eso hace falta por fuerza capital, que a su vez solo puede existir previa una acumulación de ahorro. Mises explica la manera en que Marx tergiversa este concepto con su llamada acumulación originaria de capital. La tercera objeción es que la utilización de las máquinas presupone la cooperación social y la división del trabajo. Marx no entendió el problema. No puede explicarse la existencia de la sociedad en función de las fuerzas productivas, pues estas solo surgen en el marco de un vínculo social preexistente.

De manera que al igual que Hegel, la filosofía de la historia que describe Marx, cuyo final es el socialismo, fue concebido por la intuición. Lo único que le dio “seriedad” a su doctrina fue el apresurarse a calificarla como “científica” y materialista. En realidad, nada ha estado más alejado de la ciencia que el marxismo. Mises considera que sin esos apelativos autoimpuestos, su ideología jamás hubiese sido tomada en serio y menos, atrapado la atención de tantos seudointelectuales.

Solo en la doctrina de los economistas, nos dice Mises, la idea de progreso adquirió un nivel de precisión muy claro: los seres humanos luchan por sobrevivir y mejorar su nivel de vida. Así de tajante. Al hablar de progreso los economistas se abstienen de expresar un juicio de valor, pero en cambio sí aprecian las cosas desde el punto de vista de que los seres humanos actúan y hacen elecciones con base en sus preferencias. Sólo así la acción es posible, porque el ser humano actúa buscando una situación que considera “mejor” que la que tiene en el presente, o de lo contrario, no actuaría. No tiene importancia que para otros esa condición de bienestar pudiera significar todo lo contrario –un malestar, pues es su personal juicio de valor. Bajo estos términos, el capitalismo –la única forma de organización económica bajo la cual puede ejecutar con libertad  su acción individual, es progreso porque mejora las condiciones de vida de la población en continuo crecimiento. El trabajador promedio de hoy, gracias a ello, puede contar con comodidades impensables para grandes ricos de otras épocas.

Más sobre esto en la próxima y penúltima entrega de esta serie: Capitalismo = progreso; socialismo = miseria (IV)

domingo, 21 de diciembre de 2014

TEORÍA E HISTORIA: LA VISIÓN ECONÓMICA AUSTRÍACA (I)




Ludwig von Mises
Con esta entrega comenzamos una serie de artículos dedicada a la revisión del libro Teoría e Historia de Ludwig von Mises, una lectura indispensable para entender los actuales tiempos económicos turbulentos que nos tocó vivir.

Esta obra es considerada uno de los pilares del pensamiento misiano. Se trata de un libro complementario de La Acción Humana, con el que Mises nos deja claro, de manera muy amplia, varias temas relevantes. En primer lugar, en qué consiste su visión de la dualidad metodológica: hay un universo de acontecimientos del mundo exterior, físico, y otro de la mente humana, que determina que el hombre actúe. Los debates y discusiones que estas diversas concepciones del mundo desataron, cambiaron solo con el arribo de la nueva ciencia de la economía. Sin embargo, los intereses particularmente políticos, nos dice Mises, trasladaron la discusión a la esfera de los métodos experimentales, inductivos, de las ciencias naturales. De este modo, hubo un intento explícito de desacreditar lo “metafísico”, pues sólo la inducción y la experimentación serían consideradas como científicas. Lo demás, como las ciencias de la acción humana, no. Un gran error, pues además, nunca pudieron desacreditar su verdad y corrección. Esto daría a la postre con la utilización de un equivocado y perjudicial método positivista en la Ciencia Económica, que predomina hasta nuestros días, bajo el cual, no podremos salir de la crisis que nos aqueja.

El actuar del ser humano parte de que persigue fines específicos, de los que prefiere unos sobre otros. Dicho en una palabra, la acción humana tiene un carácter teleológico, distinto del principio de causalidad. Mises afirma que incluso los más radicales partidarios positivistas rechazan que la conducta humana esté determinada por acontecimientos fisiológicos explicados por ciencias como la física y la química, y que así seguirá siendo mientras no se encuentre una relación inequívoca entre ideas y acontecimientos físico-químicos. De cualquier forma, dice que aquellas proposiciones metafísicas no invalidan el razonamiento de la praxeología y de su rama más desarrollada: la economía. Deja en claro que ante la frustración por no poder desacreditarla, los positivistas recurren a estas trampas metafísicas para intentar acabar con sus bases epistemológicas y su método.

Mises nos habla de que la característica de los fenómenos naturales es que pueden ser predichos con certeza, debido a la regularidad de la causa y el efecto que en ellos se observa. Es justo esa regularidad la que se encuentra ausente en la acción de las personas, pues incluso la agregación de grandes cantidades de información estadística, es incapaz de hallar una constante en el comportamiento humano, pues es inexistente. No puede ser descubierto lo que no existe. Pero incluso en estas condiciones, el autor descarta que sean por completo impredecibles las acciones humanas. El punto es que los métodos usados para intentar prever estas en el futuro, son lógica y epistemológicamente muy diferentes de los de las ciencias naturales.

Estas se basan en la regularidad de la experiencia, o al menos, así es como han funcionado en el pasado. Ese grado de certeza vive en la mente humana, y gracias a eso, pueden ser dados como verdaderos y permanentes, para todos los fines prácticos de la vida del hombre. Eso sí, Mises deja abierta la posibilidad de que esas reglas que para nosotros aparecen como “inmutables”, en realidad sí estén sometidas a cambios que no podemos percibir en nuestro espacio temporal. Es así como las ciencias naturales se basan, necesariamente, en el supuesto de que prevalecerá en el futuro esa regularidad inexorable, sin excepciones, vista en todos los casos del pasado. Cuando esa constancia no se observa, se limita el positivismo a afirmar que es la falta de un método adecuado, aún no desarrollado, el que impide por el momento llegar a esas conclusiones. Como se verá, es una conclusión análoga a la que se pretende llevar también, de forma equivocada, a la economía.

Los seres humanos no reaccionan bajo patrones específicos como los elementos químicos a específicos estímulos. El hombre elige con base en fines últimos, y para ello, opta también luego por los medios para alcanzarlos. Entonces, todo esfuerzo por mensurar acciones humanas, termina arrojando solo datos históricos.

El ejercicio de sus elecciones constituye la acción. El acto mental –asegura Mises, que determina el contenido de una elección se refiere, o bien a fines últimos y se les llama juicios de valor, o a medios, sobre los que se decide derivado de proposiciones acerca de hechos. El fin último de la acción humana es alcanzar una situación más satisfactoria que la que posee actualmente, cosa que por supuesto, depende del juicio subjetivo del individuo y está más allá de cualquier examen racional.