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jueves, 14 de febrero de 2013

MANIPULADORES DEL MERCADO: LAS MENTIRAS DEL G7


Guillermo Barba/Oroplata.com

Esta semana se dio a conocer un comunicado del llamado G7 –grupo de 
los siete países más industrializados, con el que intentaron decirle al mundo lo comprometidos que están con el “libre mercado” en cuanto a divisas se refiere. Lo malo para ellos, es que bien se les puede aplicar el viejo refrán: explicación no pedida, culpabilidad manifiesta.

Y es que en materia de política y poder, no existen las casualidades ni los dichos al aire.

De esta forma, los miembros del grupo (Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Alemania, Japón, Canadá e Italia) se han declarado implícitamente como lo que son: manipuladores del mercado de divisas.

¿Puede llamarse diferente a quienes ya sea de modo hipócrita o descarado, se han pronunciado por devaluar sus monedas para “coadyuvar” a la competitividad de sus economías?

Aunque los titulares en las últimas semanas han sido acaparados por Japón, desde la llegada del nuevo primer ministro Shinzo Abe, la realidad es que quien ha liderado desde el comienzo de la crisis la ahora negada “guerra de divisas”, es la Reserva Federal estadounidense (Fed).

Sus rondas de “flexibilización cuantitativa” (QE, en inglés), que han expandido a niveles sin precedente su hoja de balance, no son más que simple y llana impresión monetaria con el objetivo de comprimir los tipos de interés y de depreciar al dólar, para “estimular” la recuperación.

De esta manera, mientras Estados Unidos sea el principal manipulador de divisas, nadie se atreverá a llamar las cosas por su nombre. No obstante, su búsqueda por devaluar la principal divisas de reserva, solo puede forzar a todas las demás naciones a hacer lo mismo.

Por más resistencia que se quiera oponer, la apreciación relativa de sus divisas locales es un mal que nadie quiere padecer.

No al menos cuando eso significa que sus exportaciones se encarecerán, y al reducirse, tendrán un impacto negativo en sus propias economías.

Por eso no sorprende que aunque ante el público el G7 haga pronunciamientos de mutuo acuerdo, del otro lado, uno mucho menos visible para los ojos no informados, sus principales bancos centrales se encuentren atrapados ya en el callejón sin salida de las devaluaciones competitivas.

A final de cuentas, quedará demostrado que los intereses de cada uno estarán siempre antes que los de cualquier amistad o alianza con extranjeros. Lo que se diga en contrario, es mentira.

¿O será que Francia y Alemania estén muy contentas con un euro fuerte, cuando su respectivos PIB se contrajeron en el último cuarto de 2012? Todos terminarán entrando al juego.

La parte desconocida para la mayoría, es que nunca antes en la historia de la humanidad ha tenido éxito el tratar de revivir una economía enferma imprimiendo billetes, como se hace ahora. Intentos, ha habido muchos.

Con una certeza del cien por ciento, cada vez que se ha escuchado la frase “hace falta más dinero”, para crearlo de la nada y expandir el crédito, el resultado ha sido la ruina y miseria generalizadas. Esta vez será igual.

En todo caso, la novedad es que por primera vez ese fenómeno es universal y no local. De ahí que la existencia misma de millones de habitantes de la Tierra esté en peligro: en esta ocasión no es un país sino todo el sistema el que ve el tiempo correr en contra para su colapso.

El nombre para esa caída es lo de menos. Expertos y gurús financieros como Mike Maloney y Bill Gross –que lo ha llamado la “Supernova del crédito”, no han dejado de advertirlo.

La mega expansión crediticia que comenzó al abandonar lo que quedaba del patrón oro en 1971, solo puede terminar con un colapso de las mismas o mayores proporciones.

Esa, es la deflación (contracción del crédito, o si se le quiere ver, condonación o extinción de deudas impagables) que los bancos centrales pretenden combatir con flexibilización cuantitativa, pero que no podrán evitar.

Ese reinicio es indispensable para que, después, pueda comenzar una auténtica recuperación con bases sólidas y reales. Fingir que se puede sortear la depresión con simples políticas fiscales y monetarias que a la larga posponen y empeoran todo, es otra falacia.

Lo único que conseguirán al final del día es inflar otra burbuja, esta vez, en los activos tangibles que por su propia naturaleza, no pueden ser reproducidos como las divisas sin respaldo.

No por nada, otros grandes inversionistas como Jim Rogers han insistido: “no vendan su oro ni su plata”.

Esos metales son un verdadero depósito de valor que ya acumulan meses en fase correctiva, que a muchos decepciona. Sin embargo, es crucial conservarlos físicos en propia mano, y aprovechar cada baja mayor para acumular más. 

Los manipuladores del mercado no se detendrán, y por tanto, tampoco su mercado alcista. El final del camino, la vida de este “toro” de oro, aún será larga.

MÉXICO,CON "PARAGUAS” INÚTIL CONTRA LA CRISIS

Imagen: ineversleepatnight.blogspot.mx/

Hoy en este blog le traigo la novedad de que nuestro gobernador del Banco de México, por desgracia, no ha perdido la costumbre de dar un pasito para adelante y dos pasitos para atrás.

Aquí le he expuesto todos y cada uno de los ejemplos que hay de esto, como la compra del oro para las Reservas que no se trae al país, el haber dejado como hasta ahora las tasas de interés relativamente altas y que nos ha valido que nos inunden capitales extranjeros, etc.

Ahora le traigo una más. Como le informé en este espacio, la semana pasada Agustín Carstens fue a decir de forma acertada a Singapur, que temía que se estuviese formando una “tormenta perfecta” en el mundo económico- financiero.

La exposición que hizo nos permitió concluir que su diagnóstico era lo bastante bueno como para que aquí, pusiera manos a la obra para mitigar a tiempo, y al menos en parte, los devastadores efectos de esa nueva crisis que sin remedio habrá de llegar. 

Sin embargo, una vez más se empeña en perder los méritos obtenidos, pues lo que solo se atrevió a decir en inglés del otro lado del mundo, casi lo vino a negar a México.

Este miércoles declaró que la entrada masiva de capitales a la que se refería en su ponencia de hace unos días, todavía no están grande para nuestro país como para generarle riesgos financieros que impliquen, en el futuro, ser víctima de esa tempestad.

En otras palabras, el gobernador del Banxico ve la paja en el ojo ajeno pero no la viga en el propio, pues ha dicho también que no hay síntomas de una burbuja que se haya expresado en el precio de los activos mexicanos, sobre todo los inmobiliarios, y que por tanto no hay peligro de que se esté formando en el país esa “tormenta perfecta”.

Sin embargo, debemos advertir que está volteando a ver a la esquina equivocada: nuestras burbujas no se están inflando en los inmuebles pero sí en el peso, que sigue firme y sobrevaluado por debajo de los 13 pesos.

Lo mismo en nuestro mercado de bonos gubernamentales, cuyos rendimientos se mantienen cerca de sus mínimos históricos debido a su alta demanda, por parte de inversionistas del exterior, que no dejan de llegar. Igual en la Bolsa de Valores, por lo que llegado el momento, no habrá “paraguas” que nos sirva.

Carstens aseguró que de mantenerse un comportamiento favorable de la inflación, podría ocurrir una reducción de su tasa de interés de referencia, pero la verdad es que ha enviado señales tan encontradas, que ya no puede tenerse certeza de las acciones que emprenderá en la política monetaria. Como ha dicho una cosa, también otra.

De cualquier manera, nuestra máxima autoridad en la materia, debería ser más responsable y dar tanto mayor claridad del rumbo que va a tomar y no andarse con rodeos, como tomar acciones defensivas que nos protejan de esa tormenta, que aunque Carstens se empeñe en negarlo, nos afectará tarde o temprano en México vía el éxodo de capitales. Qué importa si incluso faltaran años para que eso ocurriera.

Esto es de la mayor importancia, sobre porque aunque el llamado G7, grupo de los siete países más industrializados del mundo, se empeñe en negar la realidad de sus acciones de manipulación del mercado de divisas –como quedó demostrado en el comunicado conjunto que emitieron esta semana, lo cierto es que no se detendrán en su carrera de devaluaciones competitivas.

Aunque se trate de presuntos amigos y aliados en el papel y la política, en el campo de batalla de la “guerra de divisas” se seguirán dando con todo a través de las “flexibilizaciones cuantitativas” (impresiones monetarias o QE, en inglés) de sus bancos centrales. Nadie quiere una moneda fuerte ni muy baja inflación.
Por eso, no podemos caer en ese mismo juego de simulación.

Negar lo evidente no ayuda y sí, en cambio, expone a todos aquellos que confíen en el buen juicio de Carstens y Banxico, a sufrir severas pérdidas en sus inversiones y poder adquisitivo que podrían haberse evitado. Ojalá pronto, enmienden este error.

domingo, 27 de enero de 2013

LAS TRES GUERRAS PERDIDAS DE LOS BANCOS CENTRALES


Guillermo Barba / Oroplata.com 

El mundo se encuentra inmerso en una crisis económico- financiera que no ha terminado. Esto es evidente, pues a pesar de los típicos discursos sobre la “recuperación”, las acciones de los políticos gritan en sentido contrario la desesperación en que se encuentran.

Más que nunca es válida la frase de: no creas nunca en lo que te digan, sino solo en los hechos de quien te las dice.

En estos años desde el estallido de la Gran Recesión, hemos sido testigos del rebote de un “gato muerto”. 

Este, solo fue posible gracias a la inyección de trillones de divisas y déficits públicos, con los que bancos centrales y gobiernos pudieron dar la impresión de revivir incluso a un enfermo terminal como la economía global, que se sustenta en lo insostenible: un sistema de dinero fíat (divisas digitales o de papel, sin respaldo en oro).

Sin embargo, las cifras que evidencian una nueva recaída en el futuro cercano para Estados Unidos, las permanentes tensiones en Europa y la preocupante situación en Japón, por citar solo algunos ejemplos, han empujado a los tomadores de decisiones a pensar en invadir esferas que no les corresponden, para dar la impresión de que todo marcha bien.

En específico, podemos referirnos a la nueva andanada de presiones y ataques a los que se está sometiendo a los bancos centrales y su pretendida autonomía, de los que la mayoría goza. Al menos por ahora.

Para decirlo sin eufemismos, estas instituciones están bajo asedio en una guerra que, por definición, tienen perdida: la guerra de la politización.

Y es que para la mente de los gobernantes, cuando una ley estorba a sus intereses es momento de cambiarlas, y pueden hacerlo. En este sentido, su lógica será amenazar a los banqueros contrales con una consigna: o hacen lo que se les pide –por lo general  “coadyuvar” al avance de la economía por la vía de más expansión crediticia (inflación), o se les cambiarán las reglas para que no sea voluntario hacerlo, sino por fuerza.

El caso más paradigmático es reciente: el del Banco de Japón (BoJ).

No olvidemos que el entrante primer ministro japonés, Shinzo Abe, fue categórico al señalarle que si no garantizaba una “ilimitada” impresión monetaria de yenes, y elevaba al doble su objetivo de inflación, perdería su independencia.

Con esa “arma” en la cabeza, el BoJ cumplió. Este martes anunció que para 2014 cambiará a un enfoque abierto de compra de activos (13 billones de yenes), cada mes, sin una fecha ni monto límite, por lo que se equipara al QE4 de la Reserva Federal estadounidense (Fed). La diferencia está en que no se establecen, como sí lo hizo la Fed, metas específicas de desempleo ni inflación. El sueño de la creación de divisas sin fin, se le cumplió a Abe.

Es de esperarse que la sucesión en la cabeza del BoJ que se dará en abril, traiga a un funcionario todavía más agresivo y afín al gobierno, por lo que la “flexibilización cuantitativa” japonesa ad infinitum podría ocurrir antes y con montos más grandes, pues la misión que le encomendará Abe, no es fácil aún: destruir al yen.

Ahora bien, el BoJ no es el único bajo ataque político.

El Banco Nacional de Hungría está sufriendo presiones análogas, y también tendrá un cambio de titular en marzo de este año. Éste, según el ministro de Economía húngaro Gyorgy Matolcsy, será aprovechado para construir una “alianza estratégica” que ayude al crecimiento y el empleo. Discusiones como estas también ocurren en otras latitudes.

Ante esto, una voz sensata como la del presidente del Bundesbank, Jens Weidmann, advierte con razón los peligros que esto conlleva, pues de hecho será visto como una declaración abierta de guerra de divisas (devaluaciones competitivas), en las que todos quieren correr las imprentas lo más rápido posible para que su moneda, al perder poder adquisitivo, el país gane en “competitividad”.

Esto no es nuevo, pero se acelerará con la mano gubernamental. Todos sabemos que lo que tocan los políticos en materia económica termina peor de lo que empezó, por la sencilla razón que lo que les importa, es la apariencia en el corto plazo para poder ganar la siguiente elección.

En este sentido, las declaraciones de Weidmann hacen notar que entre los motivos para repatriar su oro desde Nueva York y París, como anunció este mes, el Bundesbank tuvo que haber ponderado los costos y alcances de esa guerra de divisas, pues saben de antemano que pronto se convertirá en un juego en el que, quieran o no, todas las monedas tendrán que participar. Una a una caerá como ficha de dominó.
Justo ahí radica también la similitud que tendrá este efecto con el del oro.

Tal como hizo Alemania, es cuestión de tiempo para que cada día más países comiencen a demandar la repatriación de sus lingotes. Si nadie querrá quedarse atrás en la carrera de la devaluación, mucho menos en otra más importante: la carrera por un oro que no alcanzará para todos. Los banqueros centrales, aunque lo guarden “in pectore”, lo saben muy bien.

Como en el juego de las sillas, en el que al cesar la música siempre hay alguien que se queda sin asiento, así la falsa sobreoferta de oro físico maquinada por los derivados de “oro” papel, garantiza que a alguien se le tendrá que incumplir la entrega de su metal, y que para cuando eso ocurra, no será imposible conseguirlo en el mercado, pero para ello, se tendrá que pagar un precio que habrá crecido exponencialmente.

Así pues, los bancos centrales enfrentan tres guerras perdidas: la de la politización, la de divisas y la del oro, que auguran un escenario en el que las víctimas serán cuantiosas. Por supuesto, sobre todo aquellas que por desconocimiento u omisión, no hayan recurrido al incomparable amparo del oro y la plata físicos.