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miércoles, 22 de abril de 2015

Tasas de interés negativas: ¡alerta roja!

Imagen: laithanomics.com
En la entrega anterior (La economía va hacia el colapso) explicamos qué es y la importancia de la tasa de interés, uno de los precios más importantes en economía. De manera que es normal que existan esos tipos de interés, pero también que su rendimiento sea positivo en el tiempo. Esto manifiesta entre otros aspectos la mayor o menor confianza que existe en que el deudor habrá de cumplir sus compromisos futuros. Entre más alto sea el riesgo de que no cumpla, el acreedor exigirá tasas mayores. Si el deudor quiere el recurso tendrá que ofrecer lo que el mercado le demanda. Entre menor sea ese riesgo, la tasa será más baja.

Sin embargo, ya comienzan a cundir los tipos de interés negativos, algo que por supuesto constituye una anomalía. Ésta, no es causa sino efecto, de las débiles condiciones económicas que existen en la mayor parte del mundo. Ante el escenario económico global adverso, los osados se lanzan a invertir de manera productiva, mientras el resto elige la especulación en diversos mercados. Los tipos negativos son entonces un síntoma de dicha especulación desatada por la intervención de los bancos centrales en el mercado.

Y es que si bien ellos pueden crear toda la liquidez que quieran y deprimir las tasas, lo que no pueden es obligar a los receptores del dinero a que salgan a gastarlo como las autoridades monetarias quieren. El multimillonario inversionista Stan Druckenmiller lo sintetizó así –al  referirse a las consecuencias de la intervención de la Reserva Federal (Fed) en el mercado: “eres forzado a entrar a otros activos y activos de riesgo, y a comportarte de una manera que no quieres.” No hay duda. A causa de esa manipulación de los bancos centrales, los inversores participan en proyectos, mercados y especulaciones en los que, en condiciones normales, les parecería estúpido hacerlo.

Así, unos se aventuran erróneamente en proyectos que sólo debían realizarse si los bajos tipos de interés fueran causados por un ahorro abundante que permitiera soportarlos. Otros en cambio dirigen sus capitales a mercados como los bursátiles y de bonos, donde se inflan burbujas que alcanzan siempre niveles inimaginables. Cuando eso ocurre, se observan repetidos nuevos máximos históricos, y en los segundos, precios de bonos tan elevados que comienzan a dar rendimientos negativos.

Es el caso reciente de la deuda pública de algunos países europeos. Uno de los más representativos hasta ahora es Suiza, que hace un par de semanas se convirtió en el primer país en vender un bono a 10 años con un “rendimiento” de -0.055%. O sea, que quien preste al gobierno suizo por ese plazo al final recibirá 0.055% menos. Visto de otra forma, los acreedores pagarán por el “privilegio” de prestarle a este deudor. El mundo al revés, una alerta roja.

De este lado del globo, la irracionalidad se ha expresado en la constante emisión de deuda a plazos más largos de lo habitual y a tasas que, si bien no son aún negativas, sí son bajas en extremo. Recordemos por ejemplo, cómo México contrató este mes deuda a 100 años en euros, del mismo modo que lo ha hecho antes en otras divisas.

Los inversores con los bolsillos llenos de liquidez no están encontrando muchas alternativas, o como dice Druckenmiller, se ven obligados a acudir a las pocas opciones que hay disponibles. Guardar billetes debajo del colchón o en una bóveda tiene límites, sus propios riesgos y costos que quizá los pequeños inversores pueden soportar, pero no los grandes capitales.

Si la tendencia continúa –y lo hará, los tipos de interés se seguirán contrayendo, los bonos encareciéndose y cada vez se observará este fenómeno en deudores con menor calidad crediticia.
Como explicamos en la entrega previa, en la Fed, Banco Central Europeo, etc. no lo ven o no lo quieren reconocer, pero su intención de combatir la “deflación” (caída de precios al consumidor) con liquidez y bajas tasas, es equivalente a querer combatir un incendio con gasolina. El resultado será más deflación real (contracción del crédito) cuando el castillo de naipes de la deuda exponencial se venga abajo.

El profesor Antal Fékete, fundador de la Nueva Escuela Austríaca de Economía, ha explicado en este espacio que las operaciones de mercado abierto de la Fed ocasionan que se genere una especulación “libre de riesgo” en el mercado de bonos. Los hechos están confirmando la teoría. Cada vez que los precios de los bonos caigan/suban sus rendimientos, los especuladores aprovecharán para tomar posiciones comprando más con su liquidez, pues saben que para que la fiesta siga, la Fed no tiene más opción que volver a entrar a recomprarles después esos bonos más caros/con menor rendimiento. No hay escapatoria para la Fed, pero sí un círculo vicioso deflacionario.

Mientras tanto, los gobiernos –incluido el de México– seguirán disfrutando de esta borrachera de especulación y crédito endeudándose cada vez más en divisa extranjera. Continuarán diciendo que las condiciones favorables se deben a la “fortaleza de la economía”, “la confianza que hay en el país”, etc., pero ahora ya sabe que en realidad es cortesía de las desastrosas políticas de los principales banqueros centrales del orbe que se pagarán caro. Esta bacanal de crédito no puede prolongarse para siempre. El mercado al final pondrá las cosas en su lugar, por la fuerza.

La peor parte de esta trama es que, en su afán por alentar el consumo a cualquier costo, la dupla gobiernos derrochadores-bancos centrales está aniquilando el ahorro, que como explicamos en la primera entrega, al ser la base para la formación de capital constituye la piedra angular del crecimiento y desarrollo económicos. Así, sin suficiente acumulación de ahorro auténtico, el capital desgastado no solo no podrá ser repuesto, sino que se irá consumiendo. La nueva Gran Depresión llama a la puerta.

lunes, 20 de abril de 2015

Tasas de interés: La economía va hacia el colapso

Imagen: cnbc.com
Toda persona a igualdad de circunstancias prefiere lograr sus metas lo más pronto posible. Dicho de otro modo, valora más el presente que el incierto futuro. Sin embargo, no todos pensamos ni sentimos igual, por lo que hay una diferencia de intensidad en la ansiedad por lograr esos objetivos que nos trazamos. A eso le llamamos diferencias en la preferencia temporal que, al existir, abren un abanico de oportunidades de intercambio mutuamente benéfico de bienes presentes por bienes futuros.

Aquellos con mayor preferencia temporal, están deseosos de ofertar una cantidad más elevada de bienes futuros a cambio de un bien presente del que puedan gozar hoy. Del otro lado, quienes valoran más los bienes futuros estarán dispuestos a adelantarles a los primeros los bienes que desean ante el compromiso de recibir más después. La preferencia temporal de estos últimos es menos alta, y por renunciar a su consumo actual les llamamos ahorradores o capitalistas. Desde la óptica de la teoría económica un capitalista no es entonces el acaudalado empresario que conocemos, sino cada uno de los millones de personas que por renunciar a parte de su consumo presente aportan de forma variable a la acumulación de ahorro y por tanto, a la formación de capital. El ahorro es por ello la piedra angular del crecimiento y desarrollo económico sostenidos.

Entre quienes demandan bienes presentes están por ejemplo, los trabajadores y aquellos empresarios que necesitan adelantar el pago a sus factores productivos hoy, y que debido al largo proceso de maduración de sus mercancías necesitan disponer de recursos de forma inmediata.

Estos intercambios que aludimos dan origen al “mercado de tiempo” –uno de los más importantes en economía– y a la llamada tasa o tipo de interés. Podemos definirla como el precio de mercado de los bienes presentes en función de los bienes futuros, que por lo general se expresa en términos porcentuales.

Como podrá entenderse, al ser un precio fruto del intercambio en el mercado, éste debe estar libre de intervenciones para no mandar señales tergiversadas a los agentes económicos. A mayor oferta de ahorro el interés ofertado será menor y, ante su escasez, para atraer ahorradores la tasa de interés tendrá que elevarse. Este proceso se da gracias a la interacción de millones de oferentes y demandantes en ese libre mercado de tiempo… cuando lo es.

En el mundo que vivimos eso no ocurre. Tenemos comités de “notables” en los bancos centrales que, en los hechos, deciden de acuerdo con su criterio –que se supone informado– el “mejor” nivel para el tipo de interés. El problema es que su actuar no es inocuo, sino que genera distorsiones y una serie de consecuencias insospechadas muy destructivas. Siempre que se fije un precio por arriba o por debajo de lo que el mercado en libertad establecería, los resultados son muy negativos.

Los banqueros centrales basan sus decisiones en información, estadísticas, gráficas y análisis macroeconómicos que desdeñan el papel del individuo actuante. Esta visión mecanicista de la economía es peligrosa, porque sus practicantes se creen capaces de comprender y abarcar de manera agregada los millones de grados de preferencias temporales que tienen cada una de las personas. Así, terminan decidiendo qué es lo más “conveniente”, según su juicio de valor particular.

El problema es que si una mente es compleja, millones son una aglomeración de complejos infinitos que ningún grupo de notables sería capaz siquiera de concebir. De este modo, los tomadores de decisiones saben la acción que ellos emprenderán, pero no tienen control alguno sobre la reacción de los demás. Cada uno puede tener diversas reacciones al mismo fenómeno, como responder distinto ante estímulos idénticos en diferentes momentos.

Como tal, la acción humana implica que la rigen leyes distintas a, por ejemplo, las leyes físicas, donde su constancia nos permite predecir que los resultados de determinados experimentos podrán ser los mismos siempre, o al menos en nuestro horizonte temporal.

De modo que la información de la que disponen los banqueros centrales será, en realidad, ínfima dentro del complejo universo del actuar de las personas.

Con lo anterior se puede entender que una señal como la de abundancia de ahorro, que provocaría la reducción de la tasa de interés, no es igual a la decisión de recortar esos tipos por voluntad oficial.

Para poder hacerlo, los banqueros del orbe se han comprometido en la actualidad a inyectar cantidades sin precedentes de liquidez mediante compras de activos que elevan sus precios, a estimular el crédito y la expansión de la deuda bajo la creencia errónea de que “hace falta demanda”, no ahorro. Grave error. La única vía para tener más consumo mañana, es manteniendo siempre un nivel de sacrificio hoy –manifestado por el ahorro, pues al transformarse en capital eleva la productividad y la abundancia de bienes y servicios, que en consecuencia, tenderán a bajar de precio y a volverse más accesibles. Habrá más consumo si primero hay ahorro.

La función empresarial, en este sentido, juega un papel eminente. El descubrimiento de oportunidades de ganancia y la garantía de que se respetará la propiedad privada de lo ganado, es el único incentivo auténtico para la creación de más riqueza. Desde luego, el financiamiento de esos empresarios debe provenir de ahorro real.

Pero en el mundo en que vivimos la abundancia de ahorro es inexistente. Pese a ello, los mercados están reaccionando como si lo hubiera. No hay ahorro suficiente para reponer el capital desgastado y acumular más, sino creación desenfrenada de dinero –como consecuencia del abandono del patrón oro– y crédito, magnificados además por el sistema bancario de reserva fraccionaria.

Los empresarios responden a ese falseado mensaje de que “hay mucho ahorro” –que en realidad es crédito generado del aire por los bancos centrales– con diferentes decisiones de inversión. Tienen en mente la creencia de que sus proyectos –dado el bajo nivel de tasas de interés, son viables. Por ser ahora rentables, se embarcan en aventuras especulativas en activos financieros –como el mercado de bonos y bursátiles– y en los de producción de bienes de capital, alejados del proceso de consumo final. Lo anterior debido a que con los tipos de interés bajos, el valor presente de esos bienes de capital se eleva, se vuelve más atractivo producirlos. En consecuencia, el flujo de fondos hacia la producción de bienes de consumo, menos rentables, se va secando.

El resultado no puede ser otro que el desastre. La razón es que mientras que se puede acumular capital de forma permanente, no se puede hacer lo mismo con la deuda, que es justo lo que se hace al expandir el consumo por medio del crédito. El momento de pagar cuentas siempre llega.

Tarde o temprano el mercado descubre que, ni había ahorro para sustentar tal creación de bienes de capital, ni se debió desviar recursos de las áreas de producción de consumo final. Al haberlo hecho, la inicial baja de precios de este tipo de bienes básicos (recuerden lo que tanto nos dicen: “no hay inflación”) se revierte y, debido a la escasez que generó el producirlos menos, se predispone que al final sus precios se disparen y millones de personas tengan que padecer por ello. Aún no llegamos a esta etapa, pero lo haremos.

Dicho de otra forma, la forma de combatir la “deflación” que siguen intentando los bancos centrales, solo eleva el valor los bienes de los ya de por sí ricos, mientras empobrece más al resto de la población. Al querer combatir un incendio con gasolina, esa baja de precios que se busca revertir con más crédito e impresión monetaria, condiciona que los precios de bienes de consumo sigan cayendo, y que llegue una crisis peor.

La trama no termina ahí, pues al inflar los precios de los bienes de capital por la especulación generada, se condiciona un nuevo proceso agravado de deflación auténtica (definida como contracción del crédito) cuando el mercado es incapaz de absorber tal cantidad de bienes de capital producidos. De manera que gran parte de los nuevos proyectos de plantas industriales, maquinaria, proyectos inmobiliarios, etc., terminarán desiertos. Del otro lado, los mercados de consumo estarán devastados y los gobiernos en quiebra. Un desastre que se pudo evitar.

La economía global está enferma por los repetidos ciclos de auge y recesión que cada vez se agudizan más. La causa se encuentra en la “mano negra” de autoridades políticas y monetarias que, guiadas por teorías equivocadas, pretenden sacarla adelante con dosis cada vez más grandes de lo que la enfermó: creación monetaria, crédito y consumo. El ahorro, piedra angular del desarrollo económico, es ninguneado y aniquilado mientras se sigue deprimiendo por decreto las tasas de  interés.

La peor parte de esta historia es que esas burbujas en activos que crean, revientan, vuelven a inflar y a estallar de nuevo en otros sectores, alcanzan en punto de quiebre tras el cual ya no es posible continuar el proceso y la depresión se vuelve casi permanente. Hay signos de que nos acercamos a ese punto y maneras de resolverlo, pero los abordaremos en la siguiente entrega.

lunes, 9 de febrero de 2015

La riqueza global es pura ilusión

Imagen: Reuters
Como todos sabemos, el mundo está sufriendo una crisis terrible. Por eso es que más que nunca necesita capitalismo real y auténtico, no estatismo disfrazado de aquel. Hoy en día es muy común escuchar a los intervencionistas diciendo que el capitalismo es la madre de todos los males, pero no es así. De hecho, es la intervención del Estado en la economía la raíz de la enfermedad. Si piensa que nuestros llamados jefes de Estado o de Gobierno son mejores organizando nuestras vidas personales, temo decirle que está equivocado. Todos conocemos a los políticos.

El Estado no se preocupa por nuestro bienestar, sino por su poder –por cierto, un poder otorgado por nosotros, el pueblo. Los políticos luchan como fieras en los países democráticos y se aferran a él en aquellos que no lo son, por el poder en sí mismo. A veces también –en países como México, para enriquecerse. Con el fin de conservarlo nos engañan dándonos supuestos derechos y “beneficios sociales”, en el especial a los más pobres, porque dicen que eso "es lo justo". Es el discurso perfecto porque casi nadie se atreve a decir "no, no ayuden a los pobres así porque al final los perjudican", por el riesgo que implica ser acusado de ser una persona egoísta y sin corazón, por decir lo menos.

El Estado y su discurso de supuesto “beneficio social” han hecho un gran trabajo en casi criminalizar a los que consideran capitalistas “insaciables”. Por supuesto, los liberales pensamos que tenemos que ayudar no sólo a los pobres sino a toda la humanidad, para que logren un mejor nivel de vida. Pero eso no se puede lograr mediante políticas estatistas. Por tanto, lo que es justo es que la humanidad se siga desarrollando y halle de manera libre nuevas formas de producir viejas cosas, así como crear productos y servicios novedosos cada vez más baratos. De eso se trata el capitalismo. Así que no es justo que se ponga en riesgo a la civilización, que es hacia donde nos dirigen los políticos en la mayoría de los países por su afán de poder.

El progreso no se puede dar por hecho, ni es un proceso automático e irreversible. El desarrollo actual del que disfrutamos en el planeta fue posible gracias a la acumulación de capital, por lo que, si el capitalismo nos ha traído aquí, destruir sus fundamentos implica volver a una nueva Edad de las Tinieblas. Un error típico de algunos analistas y académicos de izquierda es considerar que el capital es algo que siempre crece, casi en automático. Eso es un error. El capital debe ser repuesto ya que se consume, y para esa reposición de capital, es necesario acumular ahorros reales.

Los economistas de las corrientes predominantes confunden causas con efectos y esa es una de las razones por las cuales piensan que crédito/deuda son igual al ahorro y capital. Asimismo, que la expansión crediticia es acumulación de capital. Pero lo cierto es que no son sinónimos. A pesar de ello, los bancos centrales tratan de estimular la economía mediante la expansión permanente de crédito, es decir, expandiendo la deuda al infinito. Eso es imposible por definición. Tarde o temprano, la deuda debe ser pagada y el castillo de naipes se derrumba, y sin embargo tratan de mantenerla en pie colocando más y más cartas. Obviamente esto agrava el problema pero no les importa, piensan que están haciendo bien.

En este sentido, los gobiernos –esos intervencionistas que aman el poder, dicen que están haciendo "todo lo posible" para crear puestos de trabajo y de producción, pero en realidad solo continúan expandiendo el crédito, pues se han dado cuenta de que es una forma encubierta, ideal, de meter las manos en los bolsillos de todos que se expresa en el alza de precios. Un robo con todas las de la ley.


En suma, el mundo está condenado porque el Estado, los banqueros y los equivocados académicos que los justifican, están tratando de construir la economía mundial sobre cimientos de dinero fíat, deuda y manipulación de los mercados, un grave error. Están consumiendo capital y para ser claros, un capital erosionándose no puede sostener nuestra civilización. Lo mejor que el Estado podría hacer es minimizarse, dejar que los mercados libres funcionen, garantizar la propiedad privada de sus ciudadanos, proporcionar sistemas monetarios y bancarios honestos sin reserva fraccionaria ni banco central, y reducir los impuestos. Estos, son una confiscación de la propiedad privada. La ganancia es el principal incentivo para el desarrollo y la acumulación de capital, y por ello, del progreso económico. Sin aquellas bases capitalistas auténticas, toda riqueza que en apariencia existe, es una mera ilusión que ya se está desvaneciendo.

miércoles, 22 de octubre de 2014

NUEVA ESCUELA AUSTRÍACA DE ECONOMÍA: EL ENCUENTRO DE LONDRES (I)




Antal Fékete y Guillermo Barba
NASOE, London 2014
La semana pasada en Londres, Inglaterra, se celebró el más reciente encuentro de la Nueva Escuela Austríaca de Economía (NASOE por sus siglas en inglés), fundada por el Prof. Antal Fékete. Este analista participó en el Seminario y, con esta entrega, comenzamos una serie de artículos respecto de los temas que ahí se abordaron. La intención en todo caso, es exhibir los destructivos efectos de las políticas de expansión monetaria de la Reserva Federal (Fed) estadounidense, capital del sistema, que ante los ojos de los académicos y prensa afines a las corrientes predominantes –el keynesianismo y monetarismo, pasan desapercibidos. Esto se vuelve indispensable toda vez que las consecuencias se harán sentir en México, tanto como en todos los países del orbe.

Las exposiciones centrales corrieron a cargo del propio Fékete, quien comenzó señalando que, mientras que se pretende sembrar inflación, la Fed está cosechando deflación. Dicho con todas sus letras, la política de compras de deuda gubernamental en el mercado abierto (Policy of Open Market Operations), es contraproducente. Sin embargo, pese a que se ha vuelto a hablar más de ella sobre todo a raíz del programa de “flexibilización cuantitativa” (QE, abreviado en inglés) de la Fed, la realidad es que no se trata de algo nuevo. De hecho, Fékete explicó que en 1921, tras el desastroso colapso en el valor de los bonos del Tesoro estadounidense que disparó las tasas de interés y aniquiló el capital de los bancos, éste y la Fed conspiraron para que, en 1922, formalizaran su ilegal unión para iniciar la señalada política de compra de bonos. Así fue como “controlaron” el problema. Desde entonces el crédito de la Fed ha sido creado de manera rutinaria a partir de la deuda del gobierno de Estados Unidos. En realidad, aquella política –que no es otra cosa que monetización de la deuda, estaba prohibida en la Ley de la Reserva Federal original de 1913.

De acuerdo con ella, el colateral para los pasivos de los bancos de la Reserva Federal estaba restringido a oro y letras reales, esto es, papel comercial de corto plazo generado a partir de producción y distribución doméstica de bienes de consumo. La deuda del Tesoro no era un activo elegible. Si se descubría que algún banco no tenía suficientes valores elegibles, sin importar cuánto papel del gobierno tuviera, era multado de manera progresiva por deficiencia de garantías. Fékete argumenta que la ley original de la Fed de 1913 no era mala per se, sino que lo peor fue que la hicieran a un lado los enemigos oficiales del dinero sólido para imponer su voluntad.

Pero Fékete aclara que la conspiración comenzó incluso más atrás, en 1914, casi al mismo tiempo que los doce bancos de la Reserva Federal abrían sus puertas. La decisión la tomó en secreto el presidente Wilson, quien decidió financiar los esfuerzos bélicos de la Entente Cordiale. La razón de hacerlo en forma encubierta se debió a que violaba tanto la supuesta neutralidad americana como la Ley de la Reserva Federal. El Tesoro fue el intermediario para proveer de crédito a la Entente, y el responsable de “olvidarse” de multar a la Fed por aceptar deuda pública como colateral, una prueba de la conspiración. Después de todo, “no había” motivos para castigarlos por aceptar sus propios bonos. La ley no les importó.

Para 1920, las letras reales habían desaparecido de la hoja de balance de los bancos de la Fed, pues los victoriosos aliados no permitieron que regresaran, sino que se quedaran sólo los papeles de deuda del gobierno. Esta por cierto, es una de las causas por las que el patrón oro clásico fue condenado a muerte y más tarde, culpado injusta y sospechosamente como causa de la Gran Depresión. En realidad como vemos, fueron los errores y torpeza políticos junto con la mala fe, los que la originaron.

A propósito del tema, la NASOE apoya la Doctrina de las Letras Reales de Adam Smith, que más tarde fuera abrazada por Carl Menger, fundador de la Escuela Austríaca de Economía. La razón de esto, comenta Fékete, es que la demanda de crédito es estacional, por lo que las existencias de oro más la producción anual de este resultan insuficientes para satisfacerla. Las letras reales dotan al sistema de ese necesario crédito cíclico. Este papel debe vencer en no más de 90 días y ser pagadero en moneda de oro, como antes la NASOE ha explicado en su propuesta de las “letras de oro”, necesaria para retomar un patrón áureo renovado y sostenible. De esta manera se conforma un crédito “autoliquidable”, en oposición a uno que se autoperpetúa como en el sistema actual, cuyas bases de papel, se establecieron como vemos hace 100 años.

En suma, podemos decir que la política de operaciones de mercado abierto funcionó de manera ilegal de 1921 a 1935, cuando una enmienda a la ley de la Fed de 1913, la legalizó de manera retroactiva. Eso sí, antes en 1933, el gobierno americano había expropiado el oro de la gente, el dinero constitucional. La enmienda se presentó como un cambio “insignificante”, un “tecnicismo” relacionado con la práctica de la banca central de inyectar o drenar fondos del sistema bancario, nada más. Ni una palabra respecto de la monetización de la deuda que continúa más fuerte que nunca.

Fékete asegura que pese a que lo que hoy llama la atención es la creación de dinero “de la nada” de la Fed, en realidad hay algo mucho más grave y preocupante detrás: la política de operaciones de mercado abierto aquí expuesta. Y es que aquella le otorga a la Fed un poder ilimitado para deprimir artificialmente las tasas de interés en todos los vencimientos, a través del mecanismo de transmisión de la “especulación libre de riesgo” en el mercado de bonos, que explicaremos en la siguiente entrega. Esa estructura descendente de la tasa de interés destruye el capital, lo que anticipa que viviremos una nueva Gran Depresión que hará que la del siglo XX, luzca como un día de campo.

NO TE PIERDAS LA SEGUNDA PARTE:

FED PROPICIA “GANANCIAS SIN RIESGO” EN MERCADO DE BONOS (II)

viernes, 29 de agosto de 2014

EL AHORRO SÍ IMPORTA…




Imagen: blog.silversaver.com
El miércoles pasado criticamos en este espacio el artículo del portal de la revista Foreign Affairs (“Print Lessbut Transfer More: Why Central Banks Should Give Money Directly to the People”), publicación del que ha sido considerado el centro de estudios más influyente en materia de relaciones exteriores de Estados Unidos: el Council of Foreign Relations. Expusimos la falacia de los economistas de las corrientes predominantes –el keynesianismo y el monetarismo, que nos venden  la idea de que la economía necesita más consumo para emprender la recuperación, llegando ya al extremo comentado de proponer regalar dinero en masa.

Dijimos que es un sinsentido querer resolver una crisis provocada por el exceso de deuda, consumo y crédito, con dosis cada vez más elevadas de la misma “droga”, que con el tiempo surte menos efectos, pero tiene peores resacas.

Aquí es oportuno que profundicemos en el concepto del ahorro. Éste, para el “mainstream”, no tiene un objetivo de crecimiento del poder de compra futuro de los agentes económicos. De ahí que consideren que la inversión esté en función solo de la tasa de interés, que “entre más baja, más la propicia”.

Este error de los keynesianos deja de lado que es el mercado libre el que debe hacer que las tasas de interés bajen, y que la causa de esto sólo puede ser la abundancia de ahorro. La teoría de la Escuela Austríaca de Economía es la que nos explica todo esto, y por ende, la única capaz de diagnosticar el desorden económico en el que nos encontramos y de proponer sus soluciones reales.

Para los “austríacos”, los tipos de interés –gracias al ahorro, descenderán hasta el punto en que la preferencia temporal de los agentes los orille a optar por gastar sus ahorros en vez de invertirlos. Lo mismo aplica en sentido opuesto: la salida de ahorradores y sus recursos ocurrirá hasta el punto en que las tasas suban, y la gente comience a preferir ahorrar y obtener una utilidad –y por tanto mayor poder de compra futuro, que gastar su dinero.

Por supuesto, esto parte de la base de que es indispensable también un sistema de dinero honesto, no gubernamental ni monopólico, en el que el mercado sea el que determine la tasa de interés. Sólo la libre voluntad de las personas en el mercado, es la que nos mandará el mensaje correcto de las condiciones y preferencias de los agentes económicos.

Una vez que se entiende este punto, podemos darnos cuenta de que ninguna “Junta de Gobierno” o “Comité de Mercado Abierto”, por muy “notables” o brillantes que sean sus miembros, puede ser capaz de decidir qué nivel de tasas es el adecuado para la economía. Moverla en un sentido u otro es, sin lugar a dudas, manipular una de las variables más importantes para la toma de decisiones de ahorro e inversión, y por tanto, de crecimiento económico.

Claro está que el sistema en que vivimos hoy no está ni siquiera cerca del crecimiento sostenible: no hay mercados libres, la tasa de interés la decide un monopólico banco central y el dinero que tenemos en las manos, es fíat, ficticio, sin respaldo en oro y está siendo creando de forma masiva mientras lee estas líneas. Por primera vez en la historia de la humanidad, este fenómeno está ocurriendo a escala global, y no hay ningún mayor banco central del orbe que no esté expandiendo su base monetaria.

Así pues, las corrientes económicas predominantes están recurriendo a la única receta que conocen: a cada tribulación económica la medicina es elevar el gasto público, bajar los tipos de interés y expandir el dinero en circulación. Punto.

Reducir artificialmente los tipos manda la señal errónea a los agentes económicos de que hay abundancia de ahorro, y se les orilla así a tomar de decisiones equivocadas de inversión que conducen a crecimiento insostenible. Todo porque no se trata de ahorros reales sino de exceso de dinero creado de la deuda. El círculo vicioso crece en espiral, y cada vez que ocurren, las crisis tienden a ser más severas y requieren más droga para sobrevivir, yendo de una burbuja a otra.

La consecuencia última y más grave, es que en este proceso la señal que se manda es: gaste, gaste, gaste. Los ahorradores son aplastados y, los inversores, orillados a buscar amparo en lo que consideran es más o menos un refugio para su capital, inflando de nuevo burbujas en mercados de bonos, índices bursátiles, etc. El dinero creado no es neutral, siempre buscará un camino a seguir. En su momento así ocurrió con la burbuja de las “punto com” a finales de los ’90; luego, con la inmobiliaria, que al reventar, nos tiene en las condiciones actuales.

Para ser claros, si el ahorro es el origen del crecimiento sostenido, su aniquilación es la semilla del desastre económico.

Hay quien se atreve a decir que se debe inflar nuevas burbujas, y de hecho, es justo lo que está ocurriendo. La desesperación los está empujando a proponer ahora, como aludimos al principio, regalar dinero para expandir la demanda. El curso económico, por lo tanto, es en picada. Mientras no entendamos que sin ahorro no hay crecimiento que pueda durar, lo mejor es seguir buscando “salvavidas” financieros reales, pues a este ritmo, una nueva Edad de las Tinieblas es más que posible.

martes, 20 de noviembre de 2012

¿CÓMO Y PARA QUÉ MONETIZAR LA PLATA EN LAS AMÉRICAS?


En épocas de crisis económica, son muy pocos los que logran sacar provecho de la situación, mientras que la gran mayoría de ciudadanos sufre inerme las consecuencias. De entre ellas, una de las más graves suele ser la aniquilación del poder de compra de su divisa, y por tanto, de los ahorros de aquellos que con mucho esfuerzo, lograron acumularlos.

Lo peor de todo es que esa pérdida de poder adquisitivo no ocurre por arte de magia. Es en cambio, una especie de robo cruel que, dependiendo de la velocidad con que se presente, puede ser lento y sigiloso o abierto y desesperado.

La pérdida de valor de esa divisa se expresa en la subida de los precios: cada día se requiere más y más billetes para comprar una misma cantidad de algo. De esta forma, en la carrera entre precios y salarios, los primeros siempre llevarán la delantera, pues se van ajustando a lo largo del tiempo, mientras que los segundos siempre irán detrás queriendo alcanzarlos.

Este fenómeno al que nos hemos acostumbrado, tiene su origen en la expansión del crédito y por tanto, en la creación de dinero fíat, es decir, de papel, digital, etc., pero sin respaldo en dinero físico, cuyo rol natural en la historia ha sido desempeñado por el oro y la plata. 

Este error es fundamental, pues los metales preciosos por más que se quiera, no pueden ser reproducidos al infinito, los billetes y sus ceros, sí.

Ello conducirá siempre a la irresistible tentación de gastar de más, pues, ¿quién quiere restringir el gasto y sacrificarse en ahorrar, cuando todo se puede pagar con divisas creadas del aire  “respaldadas” en mera deuda?

Lo malo, es que eso no se puede hacer al infinito impunemente. El castigo de las leyes naturales de la economía, es el incremento de los precios, es decir, la pérdida de valor de esa divisa, en proporción directa a la cantidad impresa y a la rapidez con que ésta se ponga en circulación.

En el largo plazo, la tendencia es a la destrucción total del valor de aquella, y de este modo, el robo se consuma.

¿Quiénes son los más afectados? Aquellos considerados como “clase media”, pues los más pobres poco tienen que perder ya, y los ricos, con sus activos, siempre podrán conservar gracias a ellos, algo de su riqueza.

Como podrá entenderse, un esquema como este basado en la expansión perpetua del crédito, no es sustentable, pues tarde o temprano las deudas se tienen que pagar. El tiempo que nos está tocando vivir es justo ese, el del pago de esas facturas que en el pasado, permitieron sobre todo al mundo Occidental vivir hipotecando el futuro.

Lo más grave, es que esto significa el fin de una gran era de la humanidad, y por tanto, profundos cambios en nuestra civilización.

Por todo ello, es más urgente que nunca volver a las bases, a lo real, a lo que la naturaleza económica ha probado que funciona: la verdadera economía de mercado libre, con dinero honesto.

La probabilidad de que esto se logre eliminando de un plumazo las divisas fíat, es nula. Sin embargo, un gran avance en el sentido correcto, sería la monetización de uno de los metales preciosos, el más popular y ninguneado con el apelativo de “el oro de los pobres”: sí, la plata.

El prominente empresario Hugo Salinas Price, es el autor original de la Iniciativa legal que permitiría monetizar este metal en México, pero la misma medida podría ajustarse para ser aplicada en todas las Américas.

En esencia, el plan consiste en usar una moneda, por ejemplo la de una onza de plata pura o de fracciones de ella, que no tenga un valor nominal en su cara. Esto haría que su circulación fuera permanente, y no ocurriera como con las antiguas monedas “con plata”, que cuando el valor de la que contenían rebasó el que tenían grabado, fueron a dar las fundiciones.

Por ley, se establecería un valor de cotización monetaria siempre ligeramente superior al del metal fino que contiene, y que solo se podría ajustar hacia arriba conforme aumente el precio de la plata en el mercado internacional. Si este bajara, permanecería sin cambios hasta que volviera a subir.

En otras palabras, estas monedas flotarían para conservar, en todo momento, el poder adquisitivo de sus tenedores. Algo así, por supuesto, lo que alienta es el indispensable ahorro de la manera más sencilla que puede haber, y “a la antigua”.

Es importante destacar que en caso de caída del precio de la plata, no se ajustaría a la baja el valor legal de las monedas en circulación, pero esto no afectaría en absoluto. Como cualquier otra que vale más que su valor metálico, seguiría circulando sin problemas para realizar pagos, sin dejar de tomar en cuenta que en realidad, se utilizarían muy poco.

La llamada “Ley de Gresham” así lo asegura. Como las divisas de papel y el dinero real estarían “compitiendo”, la gente atesorará la plata y gastará los billetes. La primera, solo sería usada como último recurso, pues su finalidad será guardarla para después, cuando valdrá más.

Ojalá que estas propuestas muevan la conciencia de muchas mentes brillantes en nuestro continente, y las empujen en sus respectivos países. Tener dinero auténtico en nuestras manos, en definitiva, es algo que todos merecemos.