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viernes, 7 de febrero de 2014

¿USTED LE CREE A LAS CALIFICADORAS?




Imagen: Aztecanoticias.com.mx
Desde diciembre del año pasado, cuando Standard & Poor’s (S&P) subió la “calificación” crediticia de México a BBB+ desde BBB, el gobierno de la República comenzó a presumir que, gracias a las reformas estructurales y en particular a la energética, han mejorado las “posibilidades económicas” del país.

Así lo ha reiterado esta semana, una vez que ahora la calificadora Moody’s ha hecho lo propio al ascender nuestra nota soberana de Baa1 a A3.

Está en la lógica de cualquier gobernante magnificar cualquier aspecto positivo que le sea reconocido, y más, si se trata de un organismo o autoridad extranjeros. Esa es la normalidad política, lo mismo que minimizar o deslindarse de la culpa cuando se trata de buscar responsables ante cualquier error u omisión.

Por eso no debe sorprendernos el triunfalismo oficial.

De lo que debe de cuidarse la opinión pública, es de creer a ciegas lo que dice tal o cual empresa por más “reconocida” que esta sea, como las propias Moody’s, S&P y Fitch.

Y es que si lo expresáramos en términos escolares, esos “maestros” que hacen las evaluaciones serían profesores que reprobaron su examen de grado, no una sino varias veces.

Sí. Cómo olvidar por ejemplo que antes de que reventara la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos –detonante de la gran crisis global que vivimos, las calificadoras daban las notas más altas a activos respaldados en hipotecas, que en realidad no valían nada. Debían valer menos que basura, y sin embargo, les otorgaron el nivel máximo.

De manera que mal hace quien cree en las “calificadoras”, sea que suban o bajen tal o cual recomendación crediticia.

Cuando las bajan, por lo regular ya es muy tarde, y cuando las suben, como en el caso de México, muchas veces justifican sus acciones con base en criterios muy subjetivos, en meras expectativas.

S&P dijo en diciembre que la mejora en la nota de país se debía a su convicción de que los cambios aprobados a la Constitución tienen el potencial de atraer inversiones significativas".

Para Moody’s, no es muy diferente. Espera que las reformas “fortalezcan las potenciales perspectivas de crecimiento del país y los fundamentos fiscales”. Ambas por lo visto, creen en promesas.

Si volvemos al símil escolar, es como si esos reprobados maestros decidieran subir la calificación de un alumno, nada más porque les prometió que ahora sí cumplirá en los próximos años con sus tareas y que se pondrá a estudiar, a pesar de que ya empezó a portarse mal.

Ojalá que México rinda los frutos económicos de crecimiento que todos esperamos con los cambios legales. No obstante, que a nadie se le olvide y menos a esos “maestros”, que este año se dio el banderazo de salida al crecimiento más acelerado de la deuda y déficit públicos del país.

El presidente no resistió la presión de que su primer año haya sido tan decepcionante en materia económica. Sí, logró las reformas, pero como tardarán años en dar resultados que nos permitan medirlas, dio un manotazo en la mesa para echar mano de la deuda y el gasto gubernamentales para “estimular” el crecimiento.

Por la mente del Ejecutivo no pasa el volver a tener un año tan mediocre que roce la recesión como 2013, por lo que es un hecho que hará (gastará) lo que sea necesario para que eso no ocurra, y menos, en un contexto internacional que antes que mejorar, seguirá deteriorándose.

Se preguntará el lector. ¿Acaso al gobierno no le preocupa el pago de facturas en el futuro? No mucho, el sexenio se acaba en 2018.

Esas, son las realidades que las calificadoras extranjeras han decidido omitir de sus análisis por ahora, pero que nosotros, los que aquí vivimos, no podemos darnos el lujo de pasar por alto.

lunes, 23 de septiembre de 2013

MÉXICO, GESTANDO UNA NUEVA CRISIS




Imagen: Vanguardia.com.mx
La reforma hacendaria y el Paquete Económico para 2014 que el presidente Enrique Peña Nieto ha propuesto al Congreso, por desgracia, nos remite a viejas experiencias y errores que en el pasado, nos condujeron siempre a terminar el sendero de aparente prosperidad en uno de abierta crisis.

La vieja receta del “estímulo contracíclico” a la economía a través de la expansión del gasto y endeudamiento públicos, ahora sumada a un catálogo de “beneficios sociales” como el seguro de desempleo y la pensión universal, más el impulso (forzado) del crédito privado que pretende la reforma financiera, nos hacen pensar que no hemos aprendido nada de errores propios y ajenos.

Claro, como eso cuesta, se ha decidido cargar más la mano a los contribuyentes de siempre, pues al menos ellos no saldrán a las calles a manifestarse ni a cerrar carreteras. Lo malo para el gobierno es que olvidó que sí serán ellos los que escribirán la historia de su administración en los libros.

Todo ello, sumado al interés de Hacienda en devaluar al peso mexicano a través de la forma más oculta que existe para los ojos de la gente, la de elevar el precio del oro imponiéndole tasa del IVA a operaciones al mayoreo, nos recuerda aquellos tiempos en que de un día para otro ocurrían alzas en el tipo de cambio con el dólar.

La memoria de la gente y sobre todo de los políticos parece ser muy corta, o de plano, no les importan las lecciones del pasado.

Como quiera, esta serie de medidas nos hacen prever que estamos sentando las bases para la próxima gran crisis mexicana.

De poco o nada servirán los pasos en el sentido correcto que se han dado con otras reformas como la educativa, o los que se pretenden dar con la energética, que en sus alcances, se quedará muy corta.

Si nuestra dirección como país en desarrollo es hacia un “Estado de bienestar”, el presidente y el secretario de Hacienda, Luis Videgaray, deberían saber que son justo esas medidas de “justicia social” las que tienen en quiebra a las naciones occidentales vistas tradicionalmente como “las más ricas”,  y que en realidad, son las más endeudadas.

No nos podemos convertir en un país desarrollado por decreto. Ya hubo un sexenio en el que eso se quiso aparentar, y las consecuencias de esa grave falta se comenzaron a pagar con el conocido“error de diciembre”.

Si los llamados países ricos están en la precaria condición económica actual, es fácil deducir que el resultado que una nación pobre como México tendrá por quererse parecer a aquellos, será todavía peor. De este modo, argumentos esgrimidos como que necesitamos un seguro de desempleo porque somos el único país de la OCDE que no lo tiene, son risibles.

Movernos más hacia un “Estado de bienestar” significa también ir más rápido hacia la misma tumba del Estado socialista.

Pocos en nuestros días se atreven a aceptar esta realidad, pero los días en que ese “Estado benefactor” se hace cargo de su pueblo como si de un padre amoroso se tratara, están contados. En todo caso, quienes se empeñen en continuar por esa vía sólo encontrarán que las condiciones de vida de la gente se deterioran más y más, y sí, lograrán su propósito de “más igualdad”… pero en la pobreza.

La semana pasada ocurrió lo que podría verse en el futuro como el anuncio oficial del fin de esa era que debería ser vista como de socialismo “ligero”, con el discurso del rey Guillermo-Alejandro  de Holanda, que abrió el camino para la transformación del “clásico Estado del bienestar” hacia una “sociedad participativa”. No hay vuelta atrás.

Los ciudadanos así volverán a asumir más “responsabilidad sobre sus propias vidas”, con reformas en los sistemas de salud, pensiones y mercado inmobiliario de su país para garantizar su sostenibilidad. “Papá” Estado de bienestar, está muerto.

En otras palabras, éste y otros gobiernos -como el del propio Estados Unidos, incumplirán sus impagables promesas a los ciudadanos, como la de retirarse con pensiones, servicios de salud y otros privilegios “sin costo”, a través de vías como las reformas de austeridad y/o inflación (imprimiendo dinero para pagarles con billetes devaluados). Lo poco que pudieron disfrutar de ellas fue con cargo a prosperidad futura traída al presente a través de la deuda, y cuyos intereses se pagarán con más y más impuestos. La fiesta terminó.

Por eso, la dura enseñanza será contundente: la riqueza no se puede crear de la nada ni vivir para siempre de prestado. Las personas deben asumir control de sus propias vidas, y no sacrificar sus libertades con la falsa ilusión de que el gobierno resolverá mejor sus problemas. El coste no vale la pena. El Estado alcanza un nivel de soberbia tal, que termina por querer controlarlo todo bajo cualquier pretexto.

El mundo pues no necesita más deudas públicas y privadas, más impuestos, gasto y consumo excesivos, sino ahorros y formación de capital que permitan que el crecimiento y el desarrollo económicos sean sustentables, reales. Por supuesto que habrá antes una depresión ineludible, tanto como lo es la resaca después de una gran borrachera, pero no se acabará el mundo. Fingir que podemos seguir posponiendo las consecuencias, empeorará las cosas.


México pues no debe equivocar la dirección, ni seguir el camino de los que van hacia el barranco. Aún estamos a tiempo de corregir el rumbo.