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jueves, 9 de agosto de 2012

LOS ALIMENTOS: MÁS CAROS QUE EL ORO


Existe un mercado más valioso que el del oro y la plata, en todos los sentidos posibles: el de los alimentos. Pese a ubicarse en el plano de las “materias primas” (commodities), y a su cualidad adicional de ser dinero, los metales preciosos pueden ser intercambiados por comida, pero no lo son en sí mismos. Justo por eso, dichos bienes agrícolas no pueden ser omitidos en ningún análisis de la situación económico-financiera mundial. El hambre por sí sola, es capaz de generar revoluciones armadas y guerras de grandes proporciones.


Como ya se ha expuesto en este espacio con anterioridad, los activos tangibles y los intangibles se alternan en grandes ciclos (http://bit.ly/Q7VcX2), la supremacía y atención de los inversores, como si se tratara de un gran péndulo que va y viene sin detenerse jamás. Este vaivén, cuando ha mantenido deprimidos los precios de las materias primas por años, provoca por supuesto grandes desbalances en las variables de oferta y demanda. La razón es muy clara. La menor rentabilidad esperada conduce a afectar de manera negativa a la oferta: cada día menos productores están dispuestos a llevar sus mercancías al mercado, pues lejos de ganar podrían incluso perder lo poco que les queda.

Esto en un mercado como el de los productos agrícolas y en particular el de los alimentos, cuya demanda llega a disminuir pero nunca cesar, solo puede tener como destino la reversión de la tendencia de sus precios. Los inventarios se consumen y ante la caída de la producción, las cotizaciones comienzan a subir. El “oso” (mercado bajista) muere y renace el “toro” (mercado alcista) de entre sus cenizas.

Por supuesto, una situación de estas características siempre verá magnificados sus efectos, volatilidad y consecuencias a causa de la creación monetaria desmedida, característica de un sistema basado en dinero fíat (de papel o meros dígitos en computadoras), como el actual. Esto es así, pues su facultad de ser creado “de la nada”, solo puede llevar a una acelerada pérdida de su valor, ante algo que tiene evidentes límites físicos a su producción: los bienes materiales.

En este contexto, se entiende mejor cómo y por qué todos los índices de precios de alimentos han registrado alzas significativas durante los últimos años. Los desequilibrios acumulados en las dos últimas décadas del siglo XX, prepararon el terreno. El gráfico de abajo, es elocuente.



De hecho durante 2008, tan solo meses antes del estallido de la crisis financiera global, el índice de la FAO para esos precios se encontraba ya en máximos históricos, que tuvieron un respiro solo gracias a la Gran Recesión.

No obstante, la tendencia se recuperó pronto. Para 2011, el índice ya había vuelto a nuevas marcas, tras los cuales disminuyó otra vez hasta junio de este año. Su gran salto vino en julio pasado, en que esa medición se catapultó seis por ciento al alza. El repunte fue liderado por los cereales y el azúcar, dentro de los cuales el maíz y el trigo ascendieron un impresionante 23 y 19 por ciento, respectivamente.

Es cierto que las condiciones del clima como las sequías y el calor, o por el contrario el exceso de agua, influyen de manera muy importante en el mercado. Sin embargo, esas coyunturas son solo un trampolín más en una carrera hacia arriba que, por donde se vea, luce imparable. Superar los récords anteriores será solo cuestión de tiempo.

El gurú de las “commodities”, el veterano inversor Jim Rogers lo ha señalado en repetidas ocasiones: “tenemos escases de todo desarrollándose en el mundo productivo. La edad promedio de un agricultor en Estados Unidos es de 58 años. En Australia es 58; en Japón, de 66. Hay enormes campos vacíos sin nadie que las cultive en Japón. Los productores de bienes reales tienen un gran futuro por delante”.

Lo más grave, desde luego, es que estos precios impactan más a los que menos tienen, y cada dólar de alza significa que miles, si no es que millones de personas, pasan a las filas de la pobreza, en un ambiente en que muchos países padecen crisis de desempleo histórico y deudas impagables. Esto tarde o temprano, tentará gobiernos de todas latitudes a caer en un error más grande: el de querer controlar los precios por decreto, que empeorará aún más los desajustes del mercado.

De esta forma, si el panorama de inversión es positivo para aquellos inmersos en la producción de materias primas agrícolas, de igual modo lo es para los que sigan buscando la preservación de su poder adquisitivo en el dinero real, oro y plata, que como lo han hecho a través de los tiempos, seguirán viajando junto con ellas. 

Twitter: @memobarba

memob@hotmail.com

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martes, 17 de julio de 2012

¿Y POR QUÉ SE DESPLOMAN EL ORO Y LA PLATA?

Todos los mercados que existen se mueven en un constante péndulo que, una veces, los tiene con los precios de sus productos deprimidos, y otras, absurdamente altos. Así es, ha sido y seguirá siendo la forma en que estos se comportan. Ese vaivén también se replica a escala mayor, en el que con claridad se observa que, cuando toca el turno protagónico a los activos financieros o intangibles, los “duros” o materias primas son relegados, y viceversa.

La búsqueda de la mayor ganancia, sin lugar a dudas, es la que mueve las voluntades de los inversionistas que colocan sus capitales donde apuestan que la obtendrán. Bien sabido es que dos emociones son las únicas responsables de esa toma de decisiones: la ambición, y el miedo.

En este sentido, esas mismas sensaciones son las que, en el corto plazo, son capaces de mover en sentido contrario las cotizaciones de cualquier mercancía o valor, pese a encontrarse dentro de un mercado alcista o bajista mayor. En otras palabras, algo que está destinado a seguir para arriba o para abajo, a lo largo de su camino tendrá oscilaciones que la harán por momentos (que pueden ser meses o años), ir hacia el otro lado. Las circunstancias económico-financieras, desde luego, serán las detonantes.

Esos movimientos o “correcciones” que citamos, depuran el mercado y consolidan la tendencia que más tarde será retomada hasta culminar en frenesí. Eso es justo lo que ha estado ocurriendo, a propósito, con la dupla de metales preciosos, el oro y la plata, que acumulan meses a la baja mientras su mercado alcista mayor (bull market), permanece intacto.

La corrección del primero comenzó en septiembre pasado, cuando alcanzó un nuevo máximo histórico por encima de los mil 900 dólares por onza troy. La segunda hizo lo propio desde finales de abril de 2011, después de haber tocado casi los 50 dólares/Oz.

Ese camino temporal hacia abajo los ha llevado hoy a niveles alrededor de 1580 y 27 dólares, respectivamente. En ambos casos, es muy importante tener presente que las correcciones fueron precedidas por “mini euforias”, que antes los llevaron a subir muy rápido en poco tiempo. El péndulo, por supuesto, debía regresar.

En su momento advertimos con anticipación que las correcciones en oro y plata eran inminentes (http://bit.ly/Q4Btqa y http://bit.ly/nKbUZ1), pero pocos escucharon. La ambición y el miedo, cuando se acercan al clímax, estorban la razón y ciegan a los inversores. Esa misma opacidad es la que ahora les estorba para ver que, aunque las bajas podrían ser aún mayores en este punto –sobre todo en el oro, la pareja de metales preciosos se aproxima de forma acelerada a tocar fondo.

En este caso, las críticas circunstancias en Europa y las evidentes e innegables señales de una recesión global en puerta, como los recientes malos datos observados en Estados Unidos y China, por ejemplo, siguen impulsando el “factor refugio” que orilla a grandes inversionistas a liquidar (vender) posiciones en activos considerados de mayor riesgo, como las materias primas, para irse a los más “seguros”.

Por paradójico que pudiera parecer, a causa la endeble situación fiscal de los estadounidenses, en esa categoría se encuentran por un lado sus bonos del Tesoro, que conforme siguen inflando su burbuja comprimen todavía más sus rendimientos; y por otro, el dólar.

De ahí que los desplomes que nos ocupan, que además se ven magnificados por las grandes ventas de oro y plata papel, sean la otra cara de ese juego de vasos comunicantes de capitales.

No obstante, lo que no podemos perder de vista es que la Reserva Federal americana, capitaneada por Ben Bernanke, tarde o temprano volverá a actuar para dar respiración artificial a su enferma economía. El formato será el conocido: nuevas rondas de flexibilización cuantitativa (impresión monetaria) con métodos ya conocidos u otros menos “convencionales”, que aseguran que los metales preciosos y en general los activos tangibles, retomarán con diligencia y firmeza, su camino al cielo.