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domingo, 21 de diciembre de 2014

TEORÍA E HISTORIA: LA VISIÓN ECONÓMICA AUSTRÍACA (I)




Ludwig von Mises
Con esta entrega comenzamos una serie de artículos dedicada a la revisión del libro Teoría e Historia de Ludwig von Mises, una lectura indispensable para entender los actuales tiempos económicos turbulentos que nos tocó vivir.

Esta obra es considerada uno de los pilares del pensamiento misiano. Se trata de un libro complementario de La Acción Humana, con el que Mises nos deja claro, de manera muy amplia, varias temas relevantes. En primer lugar, en qué consiste su visión de la dualidad metodológica: hay un universo de acontecimientos del mundo exterior, físico, y otro de la mente humana, que determina que el hombre actúe. Los debates y discusiones que estas diversas concepciones del mundo desataron, cambiaron solo con el arribo de la nueva ciencia de la economía. Sin embargo, los intereses particularmente políticos, nos dice Mises, trasladaron la discusión a la esfera de los métodos experimentales, inductivos, de las ciencias naturales. De este modo, hubo un intento explícito de desacreditar lo “metafísico”, pues sólo la inducción y la experimentación serían consideradas como científicas. Lo demás, como las ciencias de la acción humana, no. Un gran error, pues además, nunca pudieron desacreditar su verdad y corrección. Esto daría a la postre con la utilización de un equivocado y perjudicial método positivista en la Ciencia Económica, que predomina hasta nuestros días, bajo el cual, no podremos salir de la crisis que nos aqueja.

El actuar del ser humano parte de que persigue fines específicos, de los que prefiere unos sobre otros. Dicho en una palabra, la acción humana tiene un carácter teleológico, distinto del principio de causalidad. Mises afirma que incluso los más radicales partidarios positivistas rechazan que la conducta humana esté determinada por acontecimientos fisiológicos explicados por ciencias como la física y la química, y que así seguirá siendo mientras no se encuentre una relación inequívoca entre ideas y acontecimientos físico-químicos. De cualquier forma, dice que aquellas proposiciones metafísicas no invalidan el razonamiento de la praxeología y de su rama más desarrollada: la economía. Deja en claro que ante la frustración por no poder desacreditarla, los positivistas recurren a estas trampas metafísicas para intentar acabar con sus bases epistemológicas y su método.

Mises nos habla de que la característica de los fenómenos naturales es que pueden ser predichos con certeza, debido a la regularidad de la causa y el efecto que en ellos se observa. Es justo esa regularidad la que se encuentra ausente en la acción de las personas, pues incluso la agregación de grandes cantidades de información estadística, es incapaz de hallar una constante en el comportamiento humano, pues es inexistente. No puede ser descubierto lo que no existe. Pero incluso en estas condiciones, el autor descarta que sean por completo impredecibles las acciones humanas. El punto es que los métodos usados para intentar prever estas en el futuro, son lógica y epistemológicamente muy diferentes de los de las ciencias naturales.

Estas se basan en la regularidad de la experiencia, o al menos, así es como han funcionado en el pasado. Ese grado de certeza vive en la mente humana, y gracias a eso, pueden ser dados como verdaderos y permanentes, para todos los fines prácticos de la vida del hombre. Eso sí, Mises deja abierta la posibilidad de que esas reglas que para nosotros aparecen como “inmutables”, en realidad sí estén sometidas a cambios que no podemos percibir en nuestro espacio temporal. Es así como las ciencias naturales se basan, necesariamente, en el supuesto de que prevalecerá en el futuro esa regularidad inexorable, sin excepciones, vista en todos los casos del pasado. Cuando esa constancia no se observa, se limita el positivismo a afirmar que es la falta de un método adecuado, aún no desarrollado, el que impide por el momento llegar a esas conclusiones. Como se verá, es una conclusión análoga a la que se pretende llevar también, de forma equivocada, a la economía.

Los seres humanos no reaccionan bajo patrones específicos como los elementos químicos a específicos estímulos. El hombre elige con base en fines últimos, y para ello, opta también luego por los medios para alcanzarlos. Entonces, todo esfuerzo por mensurar acciones humanas, termina arrojando solo datos históricos.

El ejercicio de sus elecciones constituye la acción. El acto mental –asegura Mises, que determina el contenido de una elección se refiere, o bien a fines últimos y se les llama juicios de valor, o a medios, sobre los que se decide derivado de proposiciones acerca de hechos. El fin último de la acción humana es alcanzar una situación más satisfactoria que la que posee actualmente, cosa que por supuesto, depende del juicio subjetivo del individuo y está más allá de cualquier examen racional.

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