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miércoles, 24 de diciembre de 2014

VALORES (II)



(Lea aquí la primera entrega de esta serie)

Esta segunda entrega sobre el libro Teoría e Historia de Ludwig von Mises, continúa sobre el aspecto de las diferencias existentes entre juicios de valor y proposiciones existenciales, de las cuales las últimas pueden ser afirmativas o negativas. Para ellas, “las cuestiones relativas a la verdad o la falsedad son significativas. No deben ser confundidas con los juicios de valor.” La razón de esto es que dichos juicios expresan preferencias, inclinaciones de la persona, y por esto, no son sujetas de ninguna prueba o evidencia, como ya comentamos en la primera parte.

Pocos son los hombres capaces de alejarse con sus juicios del conjunto tradicional de valores que le rodean. En este sentido, podrá entenderse que un juicio no dice nada del mundo en sí, sino digamos, de la forma en que el ser humano reacciona a su entorno. De ahí se desprende que el valor no esté intrínseco en las cosas, sino en la mente del sujeto que las valora: es subjetivo. El valor pues, compara en sentido ordinal una condición con respecto a otras; se renuncia a algo cuyo valor se considera menor, por uno mayor.

Ahora bien, un aspecto muy importante en el plano económico, es que la economía no prejuzga, critica o pone en duda el valor que las personas le asignan a sus fines, pero eso sí, indaga si la política económica –es decir el medio– para alcanzarlos es adecuada o no, y si esa estrategia produce los efectos que desde la visión de quien recomienda los fines, son indeseables.

Como puede entenderse, hay una abierta separación entre el campo científico que aborda en exclusiva las proposiciones existenciales y el de los juicios de valor, pero esto es rechazado por las doctrinas que sostienen que ello no es posible, porque asegura, sí hay “valores eternos y absolutos” que deben ser descubiertos, como si de la ley de la gravitación universal se tratase. Aquella corrección de juicios de valor está dada por la ciencia normativa de la ética que establece la conducta que deben tener los hombres. En este sentido, pese a que hay una natural rivalidad existente, solo nuestra especie es capaz de escapar en cierto grado de esa pugna por medio de la cooperación, y mientras exista, la competencia biológica quedará suspendida. Así pues, la doctrina de la “ley natural” expresa un intento de encontrar leyes inmutables que se puedan aplicar a los juicios de valor. De todas las variedades de esta ley, se desprenden comunes denominadores que sí son válidos: hay un orden al cual el hombre debe adecuar sus acciones para que sean exitosas; la única manera de descubrir ese orden es por medio de la razón y ninguna institución social queda exenta de ser analizada por medio del razonamiento discursivo; y lo único que cuenta a la hora de valorar la acción es por los resultados obtenidos.

Es por eso que “la idea de la ley natural acabó conduciendo al racionalismo y al utilitarismo”, nos dice Mises. Ahora, bajo la cooperación social citada, la persona se ve forzada a no comportarse de manera que atente contra la vida en sociedad. Solo esto es lo que permite diferenciar lo que es justo de lo que no lo es: si preserva la sociedad, sí lo es, en caso contrario, no. Es por eso que no hay cabida a una idea arbitraria de justicia. La sociedad por tanto, no pudo surgir sin la armonía de los intereses individuales de sus miembros en este sentido. Pero los socialistas ven muy mal esto. Al elevar sus juicios de valor a criterios absolutos, pretenden que los individuos renuncien a los suyos en beneficio de los que ellos consideran como “los buenos” para la comunidad.

A propósito, Marx no pudo refutar las objeciones al programa socialista que hicieron los economistas, como el que no podría funcionar un sistema económico en el que ante la ausencia de precios libres no es posible efectuar el cálculo económico. A causa de ello, y luego del agotamiento de todos los argumentos posibles, los socialistas han basado sus exposiciones meramente en factores emocionales como el resentimiento, la envidia y el odio de las masas. Sus juicios de valor, claro está, suponen que son los válidos para “toda la gente” y en especial, para los trabajadores, y por eso los pretenden imponer de manera generalizada. Abandonaron pues “la idea esencial del siglo de las Luces: libertad de pensamiento, de expresión y de comunicación”, reprocha Mises. Es evidente que los totalitaristas necesitan por fuerza hacer uso del concepto de “valor eterno” para poder desacreditar y aniquilar en automático todo aquello que se aponga a su juicio de valor que califican de universal.

En suma, en los juicios de valor no es posible encontrar una causalidad, algo de lo que se ocupan las ciencias naturales. No hay punto de enlace entre un acontecimiento externo, inductivo, y las ideas que produce en la mente de las personas. Por desgracia, la equivocación de pensar que en economía se puede aplicar el método inductivo y hacerla funcionar como si de una máquina se tratara –en vez de personas pensantes y actuantes como en el método praxeológico de la Escuela Austríaca, continúa llevándonos a un abismo de interminable crisis que debe ser corregida.


No se pierda la tercera parte de la serie: Determinismo y materialismo.

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